Reseñas

Jiménez Martín, Daniel (Ed.) (2021). La primera mentira. Mitos y relatos distorsionados en la enseñanza de la Historia. Madrid: Postmetropolis. 320 p.

Ana Asunción-Criado
Universidad Autónoma de Madrid, Argentina

Clio & Asociados. La historia enseñada

Universidad Nacional del Litoral, Argentina

ISSN: 2362-3063

Periodicidad: Semestral

núm. 34, 2023

clio@fhuc.unl.edu.ar

Jiménez Martín Daniel. Postmetropolis. 2021. Madrid. Postmetropolis. 320pp.


DOI: https://doi.org/10.14409/cya.v0i34.11285

La primera mentira. Mitos y relatos distorsionados en la enseñanza de la Historia, recoge los principales problemas a los que se enfrentan los historiadores a la hora de cubrir el apartado docente de obligado cumplimiento en su carrera profesional. Para ello realiza un amplio recorrido desde la época prehistórica hasta las etapas más recientes de la Historia, efectuando un repaso por todos los mitos construidos y mantenidos desde hace décadas o incluso siglos. Denuncia la falta de experiencia didáctica de buena parte de los docentes, en todas las etapas educativas, especialmente en la Educación Secundaria y la universitaria porque la formación de los profesores radica en la propia investigación histórica en vez de en la forma de transmitir ese conocimiento histórico.

La visión europeísta de la Historia, la construcción cronológica de la misma, el olvido de determinados sujetos históricos como las mujeres, los esclavos o los indígenas, el vestigio de civilizaciones pasadas, los malos usos de determinados términos históricos como el de la reconquista, la problemática nacionalista o las dificultades de abordar en el aula determinados periodos históricos, denominados como temas sensibles; construyen el eje vertebrador del libro que se reseña. El propio editor también critica otras cuestiones ajenas a la propia investigación y enseñanza de la Historia, como es la burocratización a la que se enfrentan diariamente los docentes.

En todo este engranaje que conforma el libro de Daniel Jiménez Martín, solamente se pueden echar en falta tres cuestiones, dos de ellas en lo que se refiere a las propias materias que conforman las Ciencias Sociales, y es la falta de dos capítulos destinados al ámbito geográfico y económico; y la tercera está relacionada con esa visión occidental a la hora de construir el relato histórico; habría sido un gran acierto introducir algún capítulo dedicado al continente asiático, el gran desconocido tanto en la escuela secundaria como en la universidad.

La hipótesis que construye el relato de Jiménez Martín es especialmente interesante en la actualidad, donde el acceso a la información ha cambiado sustancialmente. Las redes sociales, internet, en general, o los medios de comunicación se han convertido en fuentes de conocimiento fácilmente accesibles a todos los públicos. El problema radica en la veracidad del contenido y en la proliferación de supuestos especialistas en los temas relevantes del momento. Ante esta situación, la transmisión del conocimiento, tradicionalmente memorística, debiera transformarse en una enseñanza que ofrezca los métodos necesarios para realizar una búsqueda y selección de la información de una manera exhaustiva y veraz; tal y como expone Mª Cruz Cadete del Olmo en dicho monográfico.

Al mismo tiempo, este libro permite al lector reflexionar sobre los grandes mitos, no solo a nivel histórico, sino en el conjunto de materias que integran las Ciencias Sociales. Es por ello, que cada capítulo haya sido escrito por verdaderos especialistas en Arte, Arqueología o en los distintos periodos que comprenden el saber histórico. Sin embargo, esta selección de autores nos demuestra el gran déficit en lo que se refiere a la didáctica de las Ciencias Sociales desde el mundo histórico-académico. De los veinte autores que integran el monográfico tan solo dos están estrechamente relacionados con el mundo de la didáctica. La raíz de esta controversia se explica en el propio rechazo que sufre el apartado didáctico y docente dentro del mundo universitario, al ser considerado de segundo orden respecto a la investigación. Causa que el propio Daniel Jiménez expone en el primer capítulo “La primera mentira”. Esta cuestión debería de ser abordada desde el seno de los departamentos que conforman las distintas especialidades históricas o de las Ciencias Sociales, más allá de la “atomización de la Historia”, que el editor critica, es necesario contribuir a la renovación e innovación de la transmisión del conocimiento histórico en todos los sentidos. Así como favorecer una visión global de la Historia, descartando investigaciones acotadas a espacios y tiempos demasiado específicos que impidan comprender la complejidad de los procesos históricos.

La publicación de Jiménez Martín desmiembra cada uno de los eslabones que conforman la cadena de producción del conocimiento histórico, desde su investigación hasta su difusión. En el caso de esta última debe tenerse en cuenta su producción a distintas escalas, no solo en el mundo universitario, sino también los materiales didácticos que emplean en las escuelas primarias y secundarias; así como los distintos currículos escolares que elabora cada Estado. Buena parte de este conocimiento está condicionado por los intereses ideológicos, económicos o de otra índole como la religiosa que se hallan en todos los agentes que forman parte de este proceso; desde las editoriales hasta los políticos que construyen y seleccionan los contenidos de los currículos. Este complejo aparato que contribuye a la materialización de la enseñanza de la historia y la supedita a la propia política es descrito de forma minuciosa por el especialista Emilio Castillejo Cambra, en uno de los mejores capítulos que componen el libro, bajo el título “El siglo XX ante el espejo (deformado) de la historiografía escolar”. Por tanto, nos encontramos ante una situación realmente compleja que requiere de la acción de los propios historiadores para transformar la transmisión del contenido histórico, de modo que sea más accesible y veraz para todos los públicos que a lo largo de su etapa educativa, de manera obligatoria u optativa, se enfrentan a él.

La primera mentira, en definitiva, nos permite evaluar, como investigadores y docentes, el tipo de transmisión del conocimiento histórico que llevamos a cabo en las distintas esferas educativas, así como las metodologías planteadas o la contribución a expandir grandes mitos que aún continúan vigentes en los relatos históricos y en los materiales didácticos como los propios libros de texto. Una realidad a la que se enfrentan diariamente los profesores al llevar a cabo esa práctica de la Historia, que no es otra más que su enseñanza. El lector no quedará indiferente tras sumergirse en los distintos capítulos que conforman La primera mentira. Ante esto, cabe replantearse la organización del mundo universitario y el espacio que se otorga a la didáctica desde las propias facultades y departamentos. A pesar de la poca atención y proliferación de temas relacionados con la enseñanza desde el saber académico histórico es necesaria una renovación; favoreciendo la contribución de tesis, proyectos de investigación y prácticas docentes que nos permitan solventar las dificultades con las que los profesores nos enfrentamos día tras día al impartir nuestras materias, para así derribar los grandes mitos y metodologías obsoletas que conforman la enseñanza de la Historia.

Un libro de obligada lectura para todos aquellos que sientan pasión por la enseñanza de la Historia y que, al mismo tiempo, busquen soluciones a los obstáculos que la carrera profesional del docente se encuentra día tras día. A pesar de no presentar grandes novedades con respecto a las últimas tendencias en el campo de las didácticas específicas, el libro imprime un carácter innovador por la perspectiva y el enfoque desde los que se atienden a estas problemáticas, puesto que lo efectúa desde el propio saber histórico y no desde el apartado didáctico, como es habitual.

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